viernes, 2 de septiembre de 2016

Recuerdo la membrana amniótica


Recuerdo la membrana amniótica
como un saco de tela sin costuras
o como una campana blanda y transparente.
No me sentía encerrado,
me sentía más bien invulnerable
allí dentro.
Sentía que formaba parte
de algo más grande
y más importante que yo,
la gran madre,
dentro de la cual flotaba.
No sabía cómo había llegado
dentro de su cuerpo
pero sentía que su carne iba retrocediendo
para que yo ocupara cuidadosamente
el espacio de en medio de su pelvis.

Se oían ruidos extraños e inquietantes
que venían de fuera.
¡Qué demonios sería todo eso!
Y siempre, sin detenerse,
un sonido palpitante tranquilizador.
Si busco en la memoria
recuerdo olores y sabores
que se intensificaban.
También recuerdo sentir
la yema de los dedos en la boca,
su roce con la lengua y los labios.
Momentáneamente una luz
rasgaba la oscuridad
y veía formas que se disipaban
y colores normalmente ocultos.

Todo esto un día tras otro
mientras iba cogiendo fuerzas,
creciendo,
esperando la hora de salir al mundo
como un chico que espera
salir al patio de la escuela.

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