domingo, 13 de septiembre de 2015

Meditación


Con los ojos cerrados,
las piernas que se entrelazan,
las manos unidas y abiertas,
con la espalda erguida
como con altivez,
intento encontrar la serenidad,
aislado del mundo,
sin el menor deseo
de relacionarme con nadie
salvo conmigo mismo.
Respiro.
El aire toca mi cuerpo
con su materialidad invisible
y limpia mi conciencia,
como agua de manantial,
de ayer y mañana.
Siento lo más obvio,
el lugar común de hallarse aquí y ahora,
en el instante efímero e irrepetible.
Sólo tengo que permanecer así
por algún tiempo,
sin impaciencia,
sin pensamiento,
sin más motivo
que sentir el don de ser
en alguna parte del universo
en expansión incesante,
o tal vez hundirme en el vacío
o escuchar el silencio.

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